Cómo me cuestan las vueltas, son despedidas y reencuentros, pero sobre todo desconcierto, no saber cómo van a ir las cosas que dejas y no saber qué te vas a encontrar donde llegas, además de tener que buscar de nuevo tu lugar y tu caminito. Me está costando no sólo escribir en el blog, sino a mis amigos, visitar a la familia, hablar con la gente… me cuesta, me cierro como un mejillón.

Igual es la enfermedad de los aeropuertos, siempre llenos de gente con prisa, muchas veces solos, cargados de artefactos electrónicos (móviles, tablets, ipod, ipad, ebooks, etc.) y algunos analógicos (sobre todo aquellos que seguimos en la edad del papel).

La enfermedad de los aeropuertos se caracteriza por gente ensimismada, con un móvil en la mano y en la otra el equipaje de mano, en el 90% de los casos auriculares en las orejas. Sólo tienen un objetivo, llegar a posar el culo en el asiento de su avión. Para ello algunos deberán correr como si estuvieran luchando por una medalla olímpica, y otros hacer que el tiempo pase de la forma más amena posible (móvil, duty free o café… o en  ocasiones todo al mismo tiempo).

Cuando contraes la enfermedad la mandíbula se cierra y aprieta firmemente, los labios se juntan y resecan, haciendo que cueste ligeramente separarlos, la lengua se retrae y pega a la parte posterior del paladar. Justamente en ese momento se te quitan todas las ganas, muchas o pocas que pudieras tener, de comunicarte con otro ser vivo. Nos incomoda aún más que invadan nuestro “espacio vital” (resulta que el otro día descubrí que una parte de la semiótica, la proxémica se encarga del estudio de este espacio y las interacciones, por si te preguntas qué estaba leyendo éste era el libro: “Darwin en el supermercado” de Mark Nelissen).

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Airport / Natalia Lozano

Finalmente acabas en el aeropuerto andando como un zombi, con cara de pocos amigos y pocas ganas de hablar. Yo generalmente me dedico a observar y pensar, pensar y observar, a veces hasta leo. Igual esta enfermedad se contrae cuando has sido expuesto en repetidas ocasiones a los aeropuertos y conoces su dinámica, por lo que no tienes que andar preguntando a nadie a dónde debes ir… y te apañas tu solo con ese guirigay de personas, números, letras, puertas, llamadas y pantallas.

 

Cuando enfermo suelo estar convaleciente un par de días. El tratamiento en este caso depende del paciente, para mí lo mejor son pequeñas dosis de sociabilidad, reunirme con los amigos poco a poco. La situación es curiosa, porque ellos esperan que les cuente mis “aventuras” y hablar es lo último que me apetece, sólo quiero que me cuenten cómo les han ido las cosas, pero lógicamente ellos quieren lo mismo. Mi táctica, altamente depurada, es preguntar como una metralleta a la mínima que paran para tomar aire.

En resumen, vuelvo a estar en Burgos, algunas cosas que temía a mi partida finalmente han ocurrido y me duele profundamente el corazón, aunque también han habido muy buenas noticias, y me alegro mucho por mis amig@s. Además he compartido este tiempo con gente muy especial que han sido un gran apoyo, como una familia.

¡Genial! ya he dejado por escrito que soy una asocial… XD

Sin dudas son mejores las estaciones para las despedidas, y tuvimos tantas para elegir…

Aeropuertos tan llenos de gente, tan sin nadie […] los trenes arrancan lentos, suspirando arrepentidos de partir“. Mia Couto “La confesión de la Leona”

Suena: “Mr. Jones” Counting Crows

2 respuestas a “Aeropuertos

  1. El Antropólogo Inocente termina, bromeando, sobre la paradoja del Astronauta y lo que el autor llama la paradoja del Antropólogo.

    La paradoja del Astronauta consiste, de forma simple, en que si pasas un año en el espacio, por la ley de la relatividad, cuando regresas, ese tiempo en tu envejecimiento es como de un mes mientras que para los terricolas sigue suponiendo un año, es decir, en el espacio envejeceriamos más lentamente.

    La paradoja del Antropólogo tiene que ver más con un tiempo más social que biológico. El Antropólogo pasa un mes fuera de casa, el tiempo se dilata como si hubiera vivido un año más, mientras que para sus seres queridos, si obviamos la natural preocupación, el tiempo transcurrido apenas supone cuatro fines de semana.

    Me da pena que hayas regresado tan pronto, ahora tendré que buscarme una buena lectura.

    Muchas veces pienso que somos más aquello que negamos, “yo no soy muy… “, que aquello que afirmamos. Y la verdad es que somos mucho más de lo que podemos llegar a imaginarnos.

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    1. Jooo! cómo me gustan tus comentarios, aunque haya vuelto seguiré escribiendo… y espero seguir leyéndote! XD.
      Voy a buscar ese libro ahora mismo!

      Pues sí, la verdad es que es una sensación muy rara la vuelta… supongo que al estar fuera los cambios son más rápidos, eres como una esponja, o como que se vuelve a ser niño, todo te es nuevo, quieres saber el porqué de todo, te quieres empapar de todo lo que te rodea, aprendes, observas, conoces y reconoces, y todo lo que has vivido te influirá y cambiará para siempre.

      Cada vez estoy más convencida de que debería ser obligatorio salir de nuestro espacio de comfort al menos una vez en la vida… para abrir un poco la mente

      ¿puede ser que sea más fácil saber “qué no somos” que lo que somos realmente? No sé… es muy difícil conocerse y definirse… Pero sí, somos más de lo que en general nos imaginamos.

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