Retomamos el blog después de tantísimo tiempo, esta vez desde Asia. La primera vez que vengo a este continente (a parte del viaje a Turquía). Creo que el hecho de haber viajado ya previamente a países no occidentalizados (1) te suaviza ligeramente el contraste o choque que se siente al principio. Aunque por supuesto hay cosas que siempre te van a sorprender y llamar la atención, y siendo honestos, también habrá cosas que te desquicien profundamente.

He de decir que no he sentido esa paz que siento en África, tranquilidad de espíritu, de sentirte en tu casa, de pole-pole, de tener tu tiempo para reflexionar, de que la vida puede ser otra cosa. Allí mis interiores están en calma. También tengo que confesar que ésto lo estoy escribiendo tras haberme puesto por primera vez en mi vida tapones (y después de darme cuenta de que no sé dónde tengo el agujero del oído… sí, un poco patético), ya que estoy en un pueblo  pequeñísimo rodeado de montañas en mitad de la nada pero con 2 ó 3 karaokes, y la verdad es que el canto no es una de las virtudes de esta gente.

La primera semana  la pasé en Vientiane, capital de la República Popular de Laos. Vientiane es una ciudad pequeñita que se extiende a lo largo del  Mekong que actúa de frontera natural con Tailandia. De hecho, dar un paseo por la zona del río, tomar una beerlao y comer algo es un buen plan de tarde (¡atención con los mosquitos!). Es una ciudad segura, con no muchas opciones de ocio y tampoco muchos enclaves especialmente turísticos.

En las capitales, siempre se tiene la posibilidad de entrar en contacto con más expatriados, y eso fue lo que pasó cierta tarde del mes de septiembre (el  jueves pasado para ser exactos). Tras salir de trabajar me fui con un compañero de la oficina a recoger a su mujer al trabajo (trabajadora de IOM), de ahí nos dirigimos al centro de la ciudad y al paseo del Mekong donde nos reuniríamos con otra pareja del trabajo, todos expatriados. En un momento dado de la tarde se empezó a hablar de las pocas cosas que había para hacer en Vientiane, que si una de las parejas quería ampliar su grupo de amigos, etc. etc.

El espantamoscas / Natalia Lozano

En todo esto salió a colación el nombre de un señor, que debía ser muy buen amigo de uno de ellos, justo el autor de un comentario que me ha llevado a esta reflexión. Como os decía, estaban hablando de hacer cosas, planes, etc. y mi compañero de oficina dijo literalmente que no quedaba con él porque: “I don´t wanna invest more time on him, he´s leaving soon” (No quiero invertir más tiempo en él, se va pronto). Probablemente tenga razón, hay que invertir en las relaciones, hay que esforzarse por mantener las amistades, hay que darles parte de tu tiempo, mostrar atención, etc. Pero el hecho de verbalizarlo de una forma tan cruda, liberalista, me revolvió mis interiores. Mi tiempo es dinero y no lo voy a invertir en ti si no voy a sacar ningún beneficio. Bienvenido a la capitalización de la amistad y de las redes de apoyo.

Sé que es verdad que en las relaciones hay que invertir, y lo sé porque me cuesta hacerlo, se me da bien desaparecer, lo que no significa que si me necesitan no vaya a estar. Pero ¿Qué clase de personas somos los expatriados? Nos movemos por interés, en el momento en que cambias de ciudad haces borrón y cuenta nueva?

Al día siguiente fuimos a disfrutar, esta vez un grupo más grande de expatriados franceses, a otra de las mejores opciones nocturnas de Vientiane, ¡la bolera!. Un sitio para verlo, parece salida de una peli de los 60 americana, faltan las camareras en patines y sobra la bandera comunista sobre las pistas… Pero por lo demás es clavado. Del mismo modo, en un momento de la noche se empezó a hablar de una fiesta de una chica que hacía su “fiesta de despedida”. Y en un momento se dijo, “es que los expatriados siempre estamos diciendo adiós, adiós, adiós a todo el mundo hasta que nos vamos nosotros” y dijo otra persona “y si volvemos a casa es para estar 15 días y decir muchos más adiós”.

Yo no quiero decir adiós, no me gusta. Podría llorar un mar cada vez que digo adiós. No quiero estar siempre despidiéndome, quiero creer que hay gente que me acompaña aunque esté lejos. A veces pienso que los trabajadores de este sector estamos abocados a la soledad… la vida me lo va confirmando.

A pesar de todo, la primera palabra que he aprendido en Lao es Sabaidii, ¡hola!


 (1) no quiero decir subdesarrollados o en vías de desarrollo porque parece que al final el único modelo de desarrollo bueno y deseable es el nuestro

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